Entrevista con la Dra. Lilian Rosa Burgos

«Severidad no es sinónimo de justicia»

Por El Estornudo
Dra. Lilian Rosa Burgos: «Severidad no es sinónimo de justicia» (entrevista)
Ilustración de Natalí Cardet Ricardo.

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Lilian Rosa Burgos es cubana, residente en Estados Unidos y máster en Psicología Clínica y psicoterapeuta. Sin embargo, ella prefiere definirse como mujer, migrante y feminista. Durante años, ha trabajado con mujeres cubanas sobrevivientes a la violencia machista e incorporado la perspectiva de género en la práctica de sus terapias. Sobre la respuesta del Estado cubano al aumento de los feminicidios en el país, la importancia del apoyo psicológico y la figura del agresor, conversó con El Estornudo.

Dra. Lilian Rosa Burgos

EE: Dra. Burgos, a partir de la aprobación del nuevo Código Penal en 2022, quedó claro que el plan de ruta del Estado cubano para enfrentar el problema de los feminicidios en el país tiene un enfoque eminentemente punitivo. ¿Qué peligros —si es que los hay— puede traer una respuesta de las autoridades reducida al castigo severo?

Dra. Rosa Lilian Burgos: La aplicación de leyes punitivas tiene un efecto muy reducido si no se consideran y aplican otros enfoques dentro del marco jurídico, como puede ser el de reparación o restaurativo y el de rehabilitación social o integral. El aprendizaje que se crea a partir del enfoque punitivo es de «conducta-castigo», uno muy limitado desde el momento en que solo condiciona o refuerza comportamientos basados en el miedo. Es decir, la gente no hace las cosas porque sepa que está mal hacerlas, sino por miedo. Y esa manera de controlar la conducta de las personas, socialmente, es muy endeble.

Creo que desde el castigo lo que se hace es una especie de castración, más en Cuba, donde la gente vive con prohibiciones de todo tipo y no puede participar libremente en la vida política y social del país. Me refiero a la inhibición de la participación social, del desarrollo de un sujeto con derechos que puede apelar a la ley no desde el castigo, sino desde la justicia. Un enfoque meramente punitivo, ya sea centrado en los feminicidios o en cualquier otro asunto, limita la amplitud que puede tener el modelo de justicia social al que se aspira hoy en el mundo. Además, hablamos de una concepción muy antigua del derecho, casi como la famosa Ley del Talión, que data de tiempos del Código Hammurabi.

Pero el agresor sí debe ser castigado por la ley, de otro modo estaríamos hablando de impunidad.

 Sí, el enfoque punitivo tiene algún tipo de funcionalidad. Sin embargo, cuando se aplica como única solución, no resuelve nada.

Una persona puede tener una conducta delictiva y transgredir las normas sociales, pero la única medida que se use no puede ser el castigo. Deben aplicarse también medidas educativas y rehabilitadoras en caso de que existan daños o alteraciones en esas personas. Se ha demostrado que quienes delinquen suelen tener algunos trastornos de personalidad que están de base y hacen que tengan un comportamiento más transgresor y conductas más delictivas que otros. Por supuesto, no todo el que tiene una conducta delictiva tiene una alteración psicológica. Pero cuando solo hay castigo, la persona no aprende.

En resumen, el enfoque punitivo debe ir acompañado de un enfoque de reeducación y rehabilitación integral de la persona, así como tener en cuenta factores sociales, psicológicos, emocionales; implica pensar en todo lo que ha fallado en su entorno social y familiar, en qué la llevó a tener determinado tipo de comportamiento delictivo.

¿Podría decirse que el punitivismo en el caso de los feminicidios tiene algún aspecto positivo?

Un «efecto» positivo pudiera ser que crea en los familiares de las víctimas la sensación de que se hizo justicia. Pero esa sensación viene de que las personas están acostumbradas a entender la severidad del castigo como un indicador de la efectividad de la ley. Esto, debo decir, es muy característico de Cuba, donde las nociones de derechos humanos han estado ausentes de nuestra educación. Creo que necesitamos aprender de otras referencias cómo afrontar de una mejor manera este tipo de hechos.

Puede haber quien opine que este enfoque es al menos una respuesta oficial al tema de los feminicidios, que era algo que no existía hasta el pasado año. La figura del agresor, por otro lado, es siempre repudiada.

Lo que pasa en el caso específico de los feminicidios en el contexto legal cubano es que, precisamente, ha habido una ausencia de regulaciones y de reconocimiento de ese delito. Y ahora, de pronto, se ha pasado de la nada a aplicar todo el peso de la ley sin que exista ninguna otra mediación. ¿Dónde queda la parte de trabajar con esos agresores? ¿Cómo reeducar esos comportamientos específicos? ¿Qué proyectos existen para atenderlos? No se trata de meterlos tras unas rejas y ya. Si prácticamente no existen proyectos para trabajar con las víctimas, ¿qué podemos esperar del trabajo con los agresores? No creo que en las prisiones de Cuba se les atienda con todo el enfoque que lleva la reeducación.

¿Cuál podría ser un primer paso de parte de las autoridades para responder de una mejor manera al problema de los feminicidios?

Uno sería —y esto es muy necesario— incluir la perspectiva de género en su trabajo, algo que se han planteado y han dicho hacer las autoridades. Sin embargo, sabemos que el sistema judicial cubano, la policía y el personal que labora en prisiones no han recibido capacitación en este tema como para hacer un trabajo realmente rehabilitador. No es que se lean en un día un manual o lo que dice el Programa para el Adelanto de la Mujer, sino que incorporen consciente y sistemáticamente estos elementos teóricos a la práctica, a buenas prácticas que, además, deben ser monitoreadas. Eso en Cuba no se hace. Puede que los informes que el Estado le brinda a los organismos internacionales diga otra cosa, pero la verdad es que no se hace.

Las autoridades y la gente deben entender que «severidad» no es sinónimo de «justicia». Pensar que sí es tener una visión negativa y sesgada de lo justo, una perspectiva retrógrada en comparación con otros sistemas. La justicia debe entenderse de manera más amplia y acorde a los tiempos que vivimos. Justicia es más que castigo; es reeducación, restauración y rehabilitación, e implica la participación de todas las personas involucradas en el hecho: quien comete el delito, los familiares de las víctimas y hasta la comunidad.

¿Cómo podría lograrse esto?

Todo lo anterior debe contemplarse en algún lugar, en un macroproyecto, en la Ley. La parte restauradora debe quedar por escrito dentro de un marco legal porque es la única manera de que se aplique. Luego vendrían proyectos, trabajo social y comunitario, ayuda psicológica a los familiares de las víctimas que necesiten atención. También quiero recalcar que, sin importar el delito específico, estas labores deben ser parte de una política hecha con perspectiva de género y enfocada en evitar la violencia de género. 

Hay que pensar que existen hijos, madres, padres y muchas personas que quedan afectadas tras un crimen como puede ser un feminicidio. Debe trabajarse con ellos, los agresores y otras personas o comunidades involucradas. También hay que ver si la víctima tiene hijos y pensar en cómo se le va a apoyar psicológicamente, pero también económicamente. Siempre debe hacerse una lectura social del delito. Y no pueden faltar los programas de prevención.

Nada de esto es una ecuación matemática perfecta. La aplicación de políticas preventivas no erradicará de golpe los feminicidios; sin embargo, permite que existan menos probabilidades de que ocurran.

¿Podría decirse que el feminicida tiene alguna especie de perfil?

Sí, tiene uno criminológico, que dice que casi siempre se trata de un tipo machista que no ha aprendido otro modelo de masculinidad que ese que se fundamenta en la opresión y la violencia contra las mujeres. Este modelo lo tiene muy interiorizado desde la infancia. Es un hombre dañado, una persona insegura que necesita tener el control de la mujer porque la ve como suya, como un bien de su propiedad, y eso le hace sentirse más hombre, más macho. Es una persona que reafirma su masculinidad desde el ejercicio de la violencia y el control sobre otros. Esa es la manera que suelen aprender para vincularse.

Para detener la reproducción de estos comportamientos es necesario un trabajo educativo desde las infancias en las escuelas. Estas formas insanas de establecer vínculos con las personas —en este caso, las mujeres— que se aprenden a edades tempranas no se pueden desechar tan fácilmente después.

No pocos feminicidios en Cuba tienen en común el suicidio o intento de suicidio del agresor. ¿Esto a qué se debe?

El suicidio es un tipo de violencia, pero hacia adentro, hacia uno mismo. Cuando digo que los agresores necesitan también tratamiento psicológico es porque a veces son personas que tienen necesidades de salud mental desatendidas que influyen en el desarrollo de una cultura violenta. En no pocas ocasiones, como son personas con afectaciones psicológicas, después de descontrolarse sus impulsos —este tipo de comportamiento, salvo algunos casos, tiene detrás trastornos severos de personalidad— o al pasar por una grave crisis emocional, tienen un sentimiento de culpa o una perturbación emocional que les hace restarle valor a sus vidas. Esa es una manera en la que se visualiza un daño severo de salud mental: el sujeto comete un delito y se mata. Actúa contra el otro y contra sí mismo. 

Esas personas, a mi juicio, antes han dado señales de este daño, pero a lo mejor no han tenido acceso a servicios ni tratamientos para regular este tipo de conductas, o a programas donde pudieran trabajar en su rehabilitación psicológica. Son casos muy tristes.

¿Qué podría explicar el considerable aumento de los feminicidios en Cuba?

Creo que hay que buscar las causas del aumento de los feminicidios en Cuba más allá de la violencia machista en sí. Vale la pena enfocarse en cuánto influye en dicho aumento la ausencia de leyes y políticas integrales con perspectiva de género. A veces, para que un fenómeno suceda, basta no hacer nada para prevenirlo. Eso ha pasado en cierta medida en el caso de Cuba.

Como consecuencia de ese aumento de los feminicidios, las mujeres cubanas están recibiendo un mensaje muy claro: están en riesgo. Pero a nivel social esto también deja un mensaje de desigualdad, porque hay un grupo poblacional muy grande en peligro, que no tiene las protecciones necesarias para salir de ese margen de vulnerabilidad.

El Estornudo

Fundada en 2015, El Estornudo es una revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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